¿Cómo suceden los procesos de enfrentamiento y prevención de la violencia a nivel de las comunidades? ¿Están siendo efectivos? En busca de respuestas para esas y otras interrogantes No a la Violencia conversó con Zulema Hidalgo, especialista del Grupo de Reflexión y Solidaridad Oscar Arnulfo Romero (OAR); con la doctora en Ciencias Psicológicas Maricela Perera, del Departamento de Investigaciones Sociales del Instituto Cubano del Arte e Industrias Cinematográficas, y con la licenciada en Ciencias Sociales Mercedes Abreu, a cargo de la labor de prevención de la violencia en el Taller de Transformación Integral del Barrio (TTIB) de Pogolotti, en el municipio de Marianao, de la capital cubana.
Especialistas advierten de la necesidad de visibilizar a nivel social la violencia de género, pero también de la urgencia de prevenirla a nivel local, en las comunidades y los barrios. ¿Cómo ve usted esta relación a partir de su experiencia de trabajo e investigación?
Zulema Hidalgo: El primer paso para darle tratamiento a la violencia es desarrollar un proceso de sensibilización social que contribuya a visibilizarla y desnaturalizarla. En ese camino, al menos desde la experiencia que tenemos en la OAR como organización de la sociedad civil, ha sido muy importante colocar el tema en el escenario comunitario, precisamente para que las personas que trabajan allí nos ayuden a identificar dónde están los vacíos, dónde los aciertos y desaciertos, a la hora de seguir la línea crítica de la violencia.
Hemos trabajado mucho la violencia de género y la que se da en el escenario familiar y esos grupos comunitarios siempre han aportado experiencias que contribuyen a que se conozca en sus entornos cuándo está teniendo lugar un comportamiento violento y, sobre todo, han ayudado a las personas a entender que no solo los golpes, sino todo acto que entrañe una agresión u omisión, o hasta el silencio, también son formas de violencia.
Hemos dedicado mucho tiempo a hacer acompañamientos a experiencias de este tipo que han surgido desde acciones de bien público; pero también de otras encaminadas a la articulación de las instituciones que trabajan a nivel comunitario: centros de salud, educacionales, las iglesias, las redes comunitarias, el jefe de sector de la Policía Nacional Revolucionaria, el sistema de servicios de la comunidad, entre otros actores.
El escenario comunitario ayuda a que la prevención alcance mayor escala, a través de la sensibilización o de la capacitación, porque abarca a mayores actores y contribuye a escuchar las voces de quienes sufren la violencia y generalmente la viven de manera silenciosa, no la comparten, no la denuncian.
Maricela Perera: Trabajar a nivel de las personas en su ámbito cotidiano es tan efectivo como visibilizar el problema desde la prensa, desde la comunicación. Si a muchos estudiosos del tema, activistas, promotores, personal de salud incluso a veces nos cuesta, desde nuestros quehaceres profesionales, darnos cuenta de inequidades que se erigen en manifestaciones de violencia, ¿cómo entonces a nivel de los barrios, de las familias, donde se han naturalizado relaciones violentas que parten de desequilibrios de poder, estas personas se van a identificar con los mensajes que les llegan desde espacios más macros? A menudo lo ven como el problema del otro, pero no como lo que les pasa a ellos en sus vidas cotidianas.
Entonces trabajar en las comunidades es importante, empezando por cualquiera de sus actores: médicos de la familia, enfermeras, maestros, educadoras de Círculos Infantiles, policías, etcétera, que suelen ser violentos y no tienen conciencia de eso.
No se trata ni de ponderar una vía, ni de desestimar la otra. Creo que hay que combinar las dos. Nunca será demasiado lo que se haga. Debemos aprovechar todos los espacios para mover la sensibilidad de las personas y, sobre todo, concientizarlas en que hoy pueden ser víctimas y mañana victimarias, porque en materia de violencia los roles muchas veces se intercambian.
Mercedes Abreu: Nuestra misión es la transformación física, social y cultural del barrio y, para lograrla, no basta con visibilizar el asunto, sino que es necesario contribuir a erradicarlo. Dentro del barrio, cuando trabajas, vas definiendo y resolviendo a la vez los problemas. La comunidad se transforma, la gente adquiere nuevos valores, algo vital, pues la violencia se va heredando de generación en generación y a veces se ve como normal. Este es un barrio heterogéneo, diverso y muy machista; ganamos cuando logramos convocar a todas las personas a reconocerse en un mismo espacio, desde donde promover actitudes para el cambio.
¿Cuál es la vía más efectiva para abordar, a nivel comunitario, un problema como este, considerado privado y no público?
ZH: A partir de la experiencia de los TTIB en Ciudad de La Habana, pero también de otras que hemos llevado a cabo en otras provincias, los resultados de trabajo más efectivos han estado relacionados con las convocatorias dirigidas a sensibilizar y capacitar a las y los actores sociales, en este caso médicos de familia, maestros, dirigentes de los consejos populares, policías o trabajadores de servicio, por solo citar algunos ejemplos. De esa forma se ha contribuido, al menos, a que este tema comience a ser una preocupación para estas personas y las instituciones que representan.
También resultan muy eficaces los procesos endógenos que se generan desde los talleres y los de articulación o concertación; procesos estos que en cada comunidad se establecen de manera diferente, teniendo en cuenta sus particularidades.
MP: En primer lugar, la vía más efectiva pasa porque las personas vivencien la violencia en sus propias vidas, en sus prácticas cotidianas. Puedes leer mucho, ver muchos carteles, pero si no te reconoces a ti mismo en esa relación violenta, en cualquiera de sus espacios, toda esa información puede convertirse en slogan vacío y no se va a incorporar a las prácticas diarias: la sensibilidad con el tema a nivel de tu piel, de tu corazón.
MA: Primero, capacitar a la gente y sensibilizar a las organizaciones, a líderes de la comunidad. Hay muchas personas en los barrios que, teniendo el conocimiento, pueden resultar de gran ayuda por la influencia que ejercen, ya sea por la posición que ocupan o, a veces, hasta por los años que llevan en el barrio. Pero primero tienen que aterrizar en que la violencia existe y comprender lo dañina que resulta.
A la OAR le agradecemos el habernos enseñado a identificar el problema, para nosotros capacitar a otras personas y que el grupo de trabajo sea cada vez mayor. También hay que enseñarles a las personas sobre las leyes, los espacios a donde pueden a acudir a busca información, ayuda.
¿Cuáles han sido las principales experiencias obtenidas en su labor y cuáles usted identificaría como las mayores debilidades para seguir avanzando?
ZH: Una muy importante ha sido comprobar que ese sistema de articulación de cara a la prevención de la violencia, que debiera estar activado en las comunidades, no lo está realmente.
Y de esa misma experiencia se derivan las mayores debilidades. Creo que hemos heredado una manera de hacer muy parcelada: cada sector, cada entidad trabaja desde su misión institucional y se concentra en su objetivo. Nuestros grupos comunitarios han contribuido mucho a integrar experiencias que respondan a esa necesaria articulación, pero es difícil y falta mucho por hacer. Necesitamos más procesos de sensibilización y programas de capacitación para poder romper, primero, con esa manera de trabajar, y luego demostrar que con acciones articuladas se contribuye a enfrentar las prácticas violentas.
También es urgente colocar el tema en instituciones que deberían trabajarlo, pero no lo hacen, como --por ejemplo-- los centros educacionales. En muchos de ellos el nivel de violencia es grandísimo, e incluso las mismas personas que conducen los procesos educativos tienen incorporados estereotipos sexistas o de comportamientos violentos.
Pero, insisto, la mayor debilidad es la carencia de articulación, la falta de un enfoque multisectorial. La violencia es un problema de salud, social y de derecho, y mientras no se enfoque desde todas las miradas posibles, para incorporar una atención multisectorial, vamos a seguir teniendo desaciertos.
MP: Las principales experiencias, identificadas a partir de un grupo de talleres con actores comunitarios que estuvimos desarrollando como parte de un equipo del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociales (CIPS), apuntaron a la necesidad de ser sistemáticos y dedicar más tiempo a la prevención de la violencia en la comunidad.
Una debilidad manifiesta es que se necesitan más espacios de capacitación y sensibilización a nivel comunitario, pero que se gesten desde el interior de los barrios, desde sus protagonistas, que son quienes conocen de verdad las dinámicas de funcionamiento de la comunidad y pueden proponer prácticas efectivas. Se trata también de darle más vida a esa sociedad civil que trabaja, cada cual en su espacio, y no siempre se junta para verse las caras: uno es de salud, el otro de educación… pero en realidad su razón de existir apunta a un mismo objetivo: el bien social. En pocas palabras: articular las acciones
MA: Hemos logrado una mayor incorporación de personas a nuestras actividades. La gente se ha identificado con nuestro trabajo y hemos encontrado ya mujeres que se han ido reconociendo como víctimas de violencia.
Pero hay que continuar. Muchas instituciones no están sensibilizadas con la situación. La Federación de Mujeres Cubanas está trabajando mucho, pero creo que los médicos, el personal de salud, por ejemplo, tienen que posicionarse en la prevención y atención a la violencia.
¿Qué otras acciones podrían ayudar a que la prevención de la violencia en las comunidades sea más afectiva?
ZH: Es muy importante lograr mayor impacto desde los medios de comunicación; pero también una mayor articulación entre las instituciones que trabajan y desarrollan acciones contra la violencia. Falta una mirada más integral a la problemática de la violencia, desde un nivel más generalizador. Es necesario dar continuidad a talleres de sensibilización y capacitación en la temática y seguir acompañando las actividades en barrios y comunidades.
MP: Implicar a los niños en ese trabajo, igual que lo hemos logrado con las campañas de ahorro o las que están dirigidas a enfrentar el tabaquismo. Si los niños logran identificar la violencia, de acuerdo con su nivel de comprensión, por supuesto, y sensibilizarse con ella, entonces estaremos ganando un espacio desde la misma semilla. Si los niños aprenden a reconocerse como violentos, pueden convertirse en agentes de cambio con sus amigos, con sus padres, con sus maestros y no serán violentos en el futuro.
MA: Hay que incorporar estos temas a los programas de estudio de las diferentes enseñanzas. Sumar a todos. Insistir en el trabajo con el tema de las masculinidades. Si estamos luchando por una sociedad más justa, todas las instituciones tienen que trabajar juntas en la prevención de la violencia.
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