-¡Son las diez de la noche! ¿Ahora qué hago? -exclamó mi amigo, un
abogado, valeroso defensor de los derechos humanos.
-¿Qué sucede? –pregunté.
-Le prometí a mi hijo que le llevaría un juguete y todas las tiendas han
cerrado.
-Bueno, le llevas otro juguete mañana.
-¡No puedo hacer eso! ¡No sabes cómo se pone! –movió la cabeza asustado.
Al parecer, el niño de cuatro años que le esperaba en casa inspiraba más
terror que todos los malvados a quienes se había enfrentado.
-¡Aquí hay juguetes! –exclamó.
Un hedor grasoso llegaba a mis fosas nasales: estábamos ante el Burger
King de la avenida Larco.
-¡Ah! ¡La Cajita Feliz! –exclamé yo.
En Burger King la cajita tiene otro nombre, pero siempre hay un
personaje de dibujos animados, que le entregaron a mi amigo con varios
productos de dudoso contenido nutricional que llevó a su hogar.
En la actualidad, muchos padres de familia han perdido toda autoridad para determinar la comida de sus hijos. Los niños, tengan la edad que tengan, escogen qué comen, cuándo comen, cuánto comen o no comen. Padres y madres parecen sumisos, apocados y temerosos frente a la posibilidad de una rabieta o las terribles palabras: "No me gusta”.
Lejanos están los días en que los padres lograban enfrentar el "No me gusta” con una mirada o tres palabras. Era la época en que los niños salíamos comer con los papás solamente los domingos, a los lugares que ellos escogían de acuerdo a su presupuesto, su gusto o su criterio.
De lunes a sábado, los niños almorzaban y comían en sus casas. No recuerdo un solo día en mi niñez que mi mamá no estuviera en la mesa mientras yo almorzaba. Ahora muchos padres y madres no tienen idea de lo que sus hijos comen… les parece tenerlo en el colegio hasta las tres, que almuerce a las cuatro y, entretanto, compre lo que le parezca en el kiosko del colegio.
Lo grave es que ahora muchos niños pegados a la computadora casi no hacen ejercicio y los McDonald’s, Burger King o KFC se extienden cada vez más. Muchos padres organizan fiestas de cumpleaños en esos locales a cualquier hora del día… y así no sólo entregan esa comida a sus hijos, sino a los amigos de éstos.
Ante el avance del sobrepeso y la obesidad infantil, las Comisiones de Salud y Defensa del Consumidor del Congreso han aprobado el proyecto de ley que busca disminuir el consumo de productos con cantidades elevadas de azúcar, grasas saturadas, grasas trans y sodio. La norma impide que éstos se anuncien o se vendan en los colegios y prohíbe que se anuncien en televisión en el horario de protección al menor.
El texto señala además que la publicidad deberá difundirse con advertencias sobre riesgos a la salud que el exceso de estos productos ocasiona. Oras indicaciones son también muy razonables: no se debe alentar ni justificar el comer o beber de manera excesiva o compulsiva ni menospreciar un estilo de vida saludable y activo. Si se señalan beneficios de algún alimento, debe existir evidencia científica (aludiendo a cereales, hidratantes, chocolates).
Se prohíbe también presentar a artistas o personajes animados en la publicidad de los productos cuestionados y también que se presente al "buen padre” como el que proporciona determinado alimento a los niños. No se debe tampoco generar estereotipos de superioridad basados en ingerir cierto producto, como ocurre con la publicidad de Coca Cola, que ahora se asocia a la felicidad, aunque en realidad no genera ningún beneficio al organismo. Dicho sea de paso, el llamado Boulevard de la Felicidad de Coca Cola ha sido denunciado como un flagrante caso de corrupción por uno de los grupos que se disputa la Alcaldía de San Isidro.
El proyecto de ley prohíbe la entrega de regalos, premios o cualquier otro beneficio destinado a fomentar la adquisición de alimentos para niños. Por eso se está prohibiendo la Cajita Feliz de McDonald’s y otros obsequios similares.
Los proveedores y los administradores de kioscos, así como las empresas de alimentos se deberán de adecuar a lo dispuesto en la norma en treinta días calendarios, contados a partir del día siguiente de su publicación.
Naturalmente, este proyecto ha generado el respaldo del Ministerio de Salud y el rechazo en muchas empresas y sus voceros, como sucedió hace algunos años con los fabricantes de bebidas alcohólicas o las empresas tabacaleras. Es impresionante su insensibilidad frente a la salud de los niños… y dicen que esta norma va contra la libertad de los padres de familia. En realidad, esas empresas buscan apuntar a que el niño, que no gana dinero ni hace elecciones racionales, sea quien decide la compra del producto. Ojalá que el Congreso resista las presiones mediáticas y la norma sea aprobada lo más pronto posible.
Lo peor no es que los fabricantes de comida chatarra causen daño emocional y físico a los niños... sino que lo hacen con el dinero de los padres.
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