Los pututos resuenan en medio de la mañana. Los integrantes del cortejo del cacique de Ruricancho, ataviados con unkus blancos y portando banderolas amarillas, descienden del cerro. En andas llega Túpac Yupanqui a recibir los homenajes de los lugareños y a invocar las bendiciones del Padre Sol.
Ayer, 24 de junio, acudí a la celebración del Inti Raymi en la fortaleza de Campoy, construida por la cultura Ichma. Era la quinta vez que se realizaba, por iniciativa del colegio Daniel Alcides Carrión. No es una ceremonia turística, sino una forma de revalorar el pasado prehispánico de nuestra ciudad. Este año, también se han realizado actividades similares en huacas de San Miguel y San Martín de Porras, así como en el Museo de Arqueología y Antropología.
Una de las
profesoras que dirigía la ceremonia de Campoy declaró que el Inti Raymi también
era una oportunidad para reflexionar sobre la difícil condición que viven los
campesinos peruanos. De esta manera, ella tocaba un punto fundamental, porque
normalmente, esta reflexión no se realiza ni el 24 de junio, ni ningún otro
día. Hay quienes proclaman su orgullo por la comida peruana, pero sienten un
total desprecio por los campesinos que cultivan los productos básicos para
nuestra gastronomía (y aún quienes dicen que no los menosprecian, les importa muy
poco cuánto reciben los campesinos por sus productos). Para otros, pareciera
que los campesinos son pobres porque quieren o por ineficientes. Para otros
más, "recordar a los campesinos” es simplemente enviarles la ropa de invierno
que a uno ya no le queda, que pasó de moda o que no le gusta.
A veces pareciera que ni siquiera la vida de los campesinos es importante: en los años de la violencia política, matarlos bajo la sospecha que podían ser terroristas era un crimen que frecuentemente cometían militares y policías. Diez campesinos murieron también por la violencia policial durante el gobierno de Toledo y 36 durante el gobierno de García, incluyendo varios niños pequeños. El año pasado, por ejemplo, el último Día del Campesino del gobierno de García, no pudo ser conmemorado de peor manera: la policía mató a Félix Yrkanota, Raúl Chacchata, Petronila Coa, Gregorio Huamán y Javier Perlacios, campesinos de Azángaro, que habían marchado varios días hasta Juliaca para protestar por la contaminación ambiental que producen los mineros informales en el río Ramis.
Durante los últimos meses, el gobierno de Humala viene realizando diversas acciones para enfrentar las necesidades de los campesinos: ayer, el Presidente anunció créditos con interés muy bajo para los agricultores. Se ha incrementado considerablemente el número de quienes reciben cada dos meses 200 soles por parte del programa Juntos, en su mayoría campesinas, que deben cumplir una serie de medidas sobre el cuidado de sus hijos. También son campesinos más de 100,000 ancianos, que ahora reciben 125 soles mensuales (Pensión 65).
El gobierno está tomando medidas sin precedentes en temas culturales y lingüísticos: se ha capacitado a intérpretes de idiomas indígenas para los procesos de consulta previa y se está promoviendo la educación bilingüe intercultural, para reabrir muchos institutos pedagógicos que fueron cerrados durante el gobierno de García. Se está promoviendo las Escuelas Marca Perú, cuyo curioso nombre encubre una idea muy positiva: invertir de manera integral para que en las 1,200 escuelas más pobres del país exista una educación de calidad. Inclusive se está entregando bicicletas a los estudiantes de las zonas rurales para facilitarles el transporte al colegio… aunque sería preferible, mas bien, pensar en ómnibus escolares. Inclusive se ha cuidado de elementos simbólicos, como la presencia del Premier Valdés en el Año Nuevo Aymara.
Sin embargo, pese a todas estas medidas, muchos campesinos sienten el mismo temor por la propiedad de sus tierras y cultivos que en los gobiernos anteriores. En Cajamarca y Espinar, el régimen ha privilegiado la represión sobre el diálogo y cayendo en el mismo discurso racista del "perro del hortelano” y la manipulación de las ONGs que tenía García.
Un triste símbolo de esta visión hacia los campesinos es la señora Delia Hanccoccallo, cuyo esposo, Rudecindo Manuelo, murió el 28 de mayo por los disparos de la policía en Espinar. Ella ahora tendrá muchas dificultades para salir adelante con sus dos hijos de dos y cuatro años de edad. La misma incertidumbre enfrenta Sara Huallpa, conviviente del otro comunero asesinado, Walter Sencía. Ella dará a luz en pocos meses. Ningún funcionario del Ministerio del Interior está planteando indemnizar a las dos familias y parece que será imposible que haya justicia, pues el Poder Judicial ha dispuesto que el proceso se lleve en Ica, muy lejos de donde viven las dos mujeres.
Conmemoraciones como el Inti Raymi deben ayudarnos a valorar el componente indígena de nuestra historia, pero también a percibir el anhelo de millones de campesinos, en su mayoría indígena, por alcanzar una vida digna.
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