Miércoles, 01 de octubre de 2014
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28.11.06 - América Latina
El encuentro con Jesucristo en América Latina*
Adital

*Por Raúl Pariamachi ss.cc.

 

El rostro del Crucificado era casi negro, desencajado, como el del pongo (1) … Renegrido, padeciendo, el Señor tenía un silencio que no apaciguaba. Hacía sufrir; en la catedral tan vasta, entre las llamas de las velas y el resplandor del día que llegaba tan atenuado, el rostro del Cristo creaba sufrimiento, lo extendía a las paredes, a las bóvedas y columnas. Yo esperaba que de ellas brotaran lágrimas. (J. M. Arguedas, Los ríos profundos)

 

La experiencia del adolescente Ernesto (descubrir el rostro del pongo en el rostro de Cristo) está a la base de la fe de los pueblos de América Latina, es el punto de partida real de la cristología en el Continente, porque descubrir el rostro del Señor en los rostros sufrientes de los pobres (cf. Mt 25) desafía a todos los cristianos (cf. Santo Domingo, n. 178). ¿Qué significa esto a puertas de la V Conferencia?

1. El encuentro con Jesucristo vivo

El Papa Benedicto XVI ha subrayado que no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que otorga un nuevo horizonte y una orientación decisiva a la vida (cf. Dios es amor, n. 1). Por su parte, el recordado Juan Pablo II había escrito que “el encuentro con Jesucristo vivo es camino para la conversión, la comunión y la solidaridad” (Iglesia en América, n. 7). En este sentido, en el Documento de Participación de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe se señala que el encuentro con Jesucristo es la raíz, la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia y el fundamento del discipulado y de la misión (cf. n. 39); por este encuentro con Jesucristo los seres humanos sabemos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos (cf. n. 40).

¿Dónde encontrar a Jesucristo vivo? El propio Documento remite a lo dicho por Juan Pablo II: Los lugares de encuentro con Jesucristo vivo son la Escritura, la Liturgia y las personas, especialmente los pobres (cf. Iglesia en América, n. 12). En esta línea, la V Conferencia quisiera ser una nueva oportunidad para reflexionar sobre la profundidad de nuestro encuentro con Jesucristo vivo en América Latina (cf. n. 42).

La experiencia del encuentro con Jesucristo no debería situarse en parcelas de la realidad como si fuesen compartimentos estancos, debe comprenderse como experiencia trascendental en la que se integran factores cognitivos, emocionales y volitivos a partir de un hecho, que se condensa en una determinada interpretación del mismo. No se trata tanto de que unos busquen a Jesucristo en los sacramentos y otros en los pobres, sino de preguntarnos por el acento propio (¡no exclusivo!) que se ha puesto en América Latina al encuentro con Jesucristo vivo, sea en la Escritura, en la Liturgia o en las personas. De modo que la pregunta es: ¿Qué significa encontrar a Jesucristo vivo en América Latina? La cristología hecha en América Latina los últimos años ofrece algunos aportes valiosos que voy a sintetizar en seguida usando tres imágenes de Jesucristo.

2. La cristología en América Latina

La cristología latinoamericana es un esfuerzo por pensar la fe en Cristo desde las realidades personales, sociales y religiosas de América Latina, con vistas al seguimiento de Jesús, asumiendo su praxis del reino de Dios en el mundo de hoy.

a) Una cristología del Jesucristo histórico

La cristología suele distinguir entre el Jesús histórico (objeto de la investigación histórica) y el Cristo de la fe (objeto de la fe de la Iglesia). Por supuesto, toda cristología busca dar razón de la fe en el Jesucristo total; pero cada una tiene que adoptar un punto de partida metodológico (¿por dónde empezar?). La cristología latinoamericana se ubica entre las cristologías que parten del Jesús histórico para llegar al Cristo de la fe, que se preocupan por volver a Jesús de Nazaret. Sin embargo, la cristología latinoamericana se interesa por el Jesús histórico no solo para entender la identidad (¿quién fue Jesús?) y la relevancia (¿qué significa para mí Cristo?) de Jesucristo, sino sobre todo para buscar el sentido de la fe en un Continente marcado por la opresión, la exclusión, la muerte... Es decir, pone el acento en el Jesús histórico no tanto como objeto de investigación, cuanto como criterio de seguimiento. De modo que la persona, la práctica y el espíritu de Jesús se constituyen en criterio de toda vida cristiana en América Latina.

b) Una cristología del Jesucristo crucificado

La cristología latinoamericana entiende la fe popular en el Cristo sufriente como lugar teológico. No obstante, ha contribuido a reconstruir la imagen del Cristo sufriente en América Latina, en tanto que la ha reinterpretado en clave liberadora. Esta cristología aborda la cruz de Jesús enfatizando la estrecha relación entre la pregunta histórica por la causa de su muerte (¿por qué mataron a Jesús?) y la pregunta teológica por el sentido de su muerte (¿por qué murió?). La cruz se levanta como la máxima expresión del amor de Dios. En la cruz salvadora se revela el Dios crucificado; en la soledad, el abandono y el silencio de Jesús aparece el rostro del Padre compasivo que está junto al Hijo que sufre (el sufrimiento como posible modo de ser de Dios). La cristología latinoamericana lleva más lejos esta intuición cuando habla del pueblo crucificado como presencia del Cristo sufriente en la historia, cual siervo doliente de Yahvé. Se trata entonces de no olvidarse del escándalo de la cruz para no olvidarse de los crucificados de hoy.

c) Una cristología del Jesucristo liberador

La tensión fundamental de la cristología latinoamericana es la que aparece entre crucifixión y liberación. En efecto, es una teología hecha con el dolor de la crucifixión y con la esperanza de la liberación. Esta cristología estudia las dimensiones centrales de la vida de Jesús desde una perspectiva liberadora: su servicio al reino de Dios, su relación con el Padre y su muerte en la cruz son releídas tratando de superar una comprensión de la salvación cristiana en categorías exclusivamente individuales. La fe de la Iglesia que proclama a Jesús como el Cristo a partir de la resurrección, se enriquece con la reflexión sobre la salvación como liberación plena de las personas, de los pobres, de los pueblos en el Continente. La confesión de Jesús como verdadero Dios y verdadero hombre tiene consecuencias para las luchas por la libertad y la justicia de todos, especialmente de los pobres. Es un hecho que la opción por los pobres ha sido valorada positivamente por el magisterio de la Iglesia en América Latina y en todo el mundo.

3. Unos aportes a la Conferencia…

La Conferencia tendría que sacar las consecuencias de una cristología que piensa la fe en Cristo desde el contexto de América Latina en un mundo global. Es cierto que el Documento parte de los anhelos de las personas, pero posterga su mirada de la realidad del mundo y de la Iglesia para después de haber tratado sobre el discipulado y la misión. El resultado es un planteamiento demasiado formal de lo que debería ser el discípulo de Jesús, al punto que se debilita mucho el tipo de discipulado y de misión que se necesita para que nuestros pueblos de América Latina tengan vida en Jesucristo (2).

La Conferencia podría retomar mejor el aporte de la cristología latinoamericana al tratar sobre el seguimiento de Jesús. No deja de llamar la atención que en el apartado Discípulos de Jesucristo (cf. nn. 44-65) no se hable ni una vez de la realidad del “reino de Dios”, tan estudiado por la cristología como un aspecto central de la vida de Jesús. El seguimiento que pierde de vista el reino de Dios se vuelve ciego.

La Conferencia también debería de profundizar en la línea de la recuperación de Jesús de Nazaret, para discernir la identidad y la relevancia de Jesucristo en el presente de nuestros pueblos. Es preocupante que elementos cristológicos de tanta fuerza, como la eucaristía, las parábolas y los milagros de Jesús, se presenten casi desencarnados en el Documento (cf. cap. III). Quizás ésta sea una de las causas por las que el discipulado, la comunión y la misión aparecen con un tono más preocupado por lo intraeclesial que por lo extraeclesial (como signo del reino de Dios en el mundo).

La Conferencia podría repensar el vínculo entre cruz y resurrección que se vive hoy. El encuentro con Jesucristo vivo es tanto el encuentro con el Resucitado como con el Crucificado. Así que preguntar ¿cómo hablar del Resucitado a los crucificados? sería una forma de evitar que el optimismo de ciertas cristologías se convierta en una evasión del trabajo evangélico por superar la exclusión en el Continente.

La Conferencia tendría que actualizar la ligazón entre el seguimiento de Jesús y la opción por los pobres en esta nueva época al inicio del tercer milenio (cf. Documento, cap. IV). Se debe extraer las consecuencias de que la opción preferencial por los pobres sea una opción irrevocable –aunque no excluyente– para la Iglesia, dado que ha buscado su orientación en las opciones de Jesús y su aplicación en las nuevas formas de pobreza (cf. nn. 34m, 85, 116, 126) (3). Los rostros de inhumana pobreza continúan conmoviendo e interpelando a la Iglesia en América Latina, no podemos pasar de largo.

En definitiva, el encuentro con Jesucristo vivo en América Latina supone asumir la opción por los pobres como una oportunidad privilegiada para lograr la síntesis vital del amor a Dios y el amor al prójimo (cf. Dios es amor, n. 15).


Notas:

(1) El indio que por turnos servía gratuitamente en la casa del patrón.
(2) En este sentido, el Documento no cumple con su propósito de “llegar al sujeto que responderá a los grandes desafíos de nuestro tiempo” (n. 44); habla de un sujeto que podría ser el mismo en cualquier otra parte del planeta.
(3) En continuidad con las orientaciones de las Conferencias de Medellín (cf. 14: La pobreza de la Iglesia), Puebla (cf. nn. 1134-1165) y Santo Domingo (cf. nn. 178-181), como de la exhortación Iglesia en América, del Papa Juan Pablo II (cf. nn. 18, 52-65, 67).

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