Sábado, 20 de septiembre de 2014
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18.07.07 - Mundo
Benedicto XVI y la opción por el pobre
Gustavo Gutiérrez Merino
Filósofo y teólogo peruano. Pr
Adital

El discurso inaugural de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño ha sido la ocasión para que Benedicto XVI haga una importante afirmación sobre la opción preferencial por el pobre, poniéndola en relación con la condición de discípulo y, por consiguiente, de misionero de todo cristiano.

Estas páginas se limitan a tratar ese punto del discurso. Veremos, en primer lugar, cómo es considerada la relación entre la fe en Cristo y la opción mencionada, luego nos preguntaremos de qué pobre se está hablando, y siguen, a modo de conclusión, algunos apuntes sobre el vínculo entre evangelización y promoción humana.

Fe cristológica: fundamento de la opción por el pobre

Es significativo que esta intervención ocurra en su primera visita al continente -y en una relevante asamblea eclesial- en que esa expresión nació a fines de la década de 1960. Desde entonces esa formulación y esa perspectiva, de clara raigambre bíblica, fueron acogidas en comunidades cristianas, en planes pastorales, en documentos episcopales -incluso de más allá de América Latina-, en textos de diferentes confesiones cristianas y en el magisterio de Juan Pablo II. Pero, en este itinerario, no han estado ausentes incomprensiones y tergiversaciones, arreglos de la frase –con añadidos y supresiones, con el ánimo de precisar su contenido- así como resistencias veladas o intentos de amortiguar sus exigencias.

En esta oportunidad, en un discurso llamado a tener una gran influencia en la reunión a la que fue dirigido, Benedicto XVI habla de ese compromiso haciendo ver su alcance teológico: “la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor.8,9)” (Discurso n.3) (1) De ahí vienen sus dimensiones evangelizadoras y de compromiso social. En efecto, su fuente teológica es transparente; en última instancia, es la opción por el Dios que se revela en Jesús. Por eso la hemos llamado una opción teocéntrica. Pero conviene decir resueltamente que afirmarlo no sólo no olvida que se trata de una solidaridad concreta y capilar con personas que padecen una situación de injusticia y de insignificancia social, sino que, más bien, le da un sólido fundamento y una radicalidad evangélica.

Creemos en un Dios que se hace presente en la historia y valora todo lo humano. En ese sentido, Karl Barth podía decir que el ser humano es la medida de todas las cosas en la medida en que Dios se hizo hombre. Apelando a uno de los textos más interesantes de su encíclica Deus Caritas est, el Papa Benedicto recuerda que “amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (n.15) (ibid). Un poco más lejos, la encíclica dice: “Amor de Dios y amor al prójimo son inseparables, es un único mandamiento” (n.18). Es evidente en estos asertos la inspiración del texto capital de Mt. 25, 31-46 (mencionado explícitamente en Deus Caritas n.15) (2) Pasaje evangélico central en la reflexión teológica hecha en Latinoamérica y el Caribe. En Puebla inspiró el texto de los rostros de los pobres en los que debemos reconocer el rostro de Jesús. Santo Domingo prolongó el listado y sería valioso que la quinta Conferencia lo retomara, teniendo en cuenta las nuevas situaciones de pobreza y exclusión. Estaríamos ante una manera fecunda y abierta al futuro de manifestar la continuidad entre las conferencias episcopales latinoamericanas.
 
La opción por el pobre es un camino, a través de Jesucristo, hacia el Dios amor, un componente fundamental del seguimiento de Jesús, un signo que anuncia la presencia del Reino y manifiesta sus demandas. Es una opción prioritaria, preferencial, porque el amor de Dios es universal; nadie está excluido de él. Sin embargo, no es una universalidad abstracta, vacía de contenido: en ella los últimos, aquellos que viven una situación de marginación y de injusticia, contraria a la voluntad de Dios, deben ser los primeros. De ese modo amamos como Jesús amó (cf. Jn.13,34) y hacemos de su testimonio la pauta de nuestras vidas y de nuestros compromisos.

Con insistencia el Papa alude a la perspectiva específicamente cristiana de la encarnación como última palabra de lo afirmado. Así, líneas antes de la mención de la opción por el pobre, dice que “Dios es la realidad fundante, no un Dios pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano; el Dios con nosotros, el Dios del amor hasta la cruz”. El Dios encarnado que se entrega “hasta el extremo” (ibid.) y acepta el precio del sufrimiento por fidelidad a la tarea de proclamación del Reino. Un “Dios cercano a los pobres y a los que sufren” (n.1)

Hablando de los valores necesarios para forjar una sociedad justa, vuelve sobre el asunto, y sostiene “donde Dios está ausente -el Dios del rostro humano de Jesucristo- estos valores no se muestran con toda su fuerza, ni se produce un consenso sobre ellos” (id. n.4). Se trata del Emmanuel, otro gran tema mateano, el Dios con nosotros, a quien reconocemos caminando, día a día, tras sus huellas (3) En ese orden de ideas, el Papa asevera -con una expresión que curiosamente fue acusada, en años pasados, de inmanentista por algunas personas- que “el Verbo de Dios, haciéndose carne en Jesucristo, se hizo también historia y cultura” (n.1). Uno de nosotros, miembro de la historia humana y de una cultura. Como nosotros. Su amor y su entrega total, su anuncio del Reino y su obediencia al Padre lo revela, al mismo tiempo, como el Hijo, como el Verbo de Dios.

En la historia se revela el amor del Padre. El Espíritu Santo, Espíritu de verdad, enviado a los seguidores de Jesús por el Padre en nombre del Verbo encarnado, debe llevarnos “hasta la verdad completa” (cf. Jn 14,26 y 16, 13). Esa presencia en la historia es el basamento del discernimiento de los signos de los tiempos. Este es el marco y el sentido del ver la realidad social e histórica con los ojos de la fe, presente, desde un inicio, en el llamado método ver, juzgar, actuar acogido en la Gaudium et Spes, y muchos otros documentos eclesiales.

Es importante precisar que la perspectiva de fe no aparece recién en el juzgar; la visión de fe acompaña todo el proceso, lo que no quiere decir que no se respete la legítima autonomía y consistencia de las realidades temporales (4) Actitud que está presente, y es reclamada, en la práctica y textos de la Iglesia, eso es lo que la Gaudium et Spes llama “conocer y comprender el mundo en que vivimos”.(n.4). Las perspectivas que abre la fe cristiana -transcendentes e históricas- no pueden ser puestas entre paréntesis en la visión de la realidad cuando se trata de examinar las interpelaciones a la vivencia y la comunicación del evangelio. Esto es el abecé del método, pero eso mismo nos conduce a un análisis serio y respetuoso de las situaciones examinadas.

Por el pobre y contra la injusticia

Según se ha precisado desde hace tiempo, estamos ante una opción firme y libre, como todas las grandes decisiones de nuestra vida; especialmente aquellas que están animadas por la búsqueda del Reino y la justicia. Y no frente a algo opcional, como el adjetivo derivado del sustantivo opción lo puede hacer pensar (5)

Una decisión que debe ser hecha por todo cristiano, incluso por los pobres mismos. Es una opción por los pobres e insignificantes y contra la injusticia y la pobreza que los agobia. Son los dos lados de una misma medalla. Sin embargo, las cosas no quedan allí; es, asimismo, un compromiso que debe ser asumido por el conjunto de la Iglesia. En ese sentido, Benedicto XVI se refiere a la Iglesia como “abogada de la justicia y de los pobres” (n.4) y unas líneas después reafirma: “formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector” (n.4). Nótese la alusión a las virtudes políticas; “sociales”, dirá en otro lugar (n.3)

Pero hay más, y el discurso lo trae a la memoria igualmente. ¿De quién se habla cuando se menciona al pobre?  El discurso es claro al respecto. Se trata de aquellos que viven en la pobreza real, material, condición calificada como “inhumana” en Medellín, y como “antievangélica” en Puebla. Ella constituye un reto de envergadura a la conciencia humana y cristiana. El Papa se pregunta, por eso, cómo puede la Iglesia “responder al gran desafío de la pobreza y de la miseria” (n.4).. Se apoya en una cita de Populorum Progressio, cuyo cuadragésimo aniversario se celebra este año y que estuvo muy presente en la Conferencia de Medellín, para decir que “los pueblos latinoamericanos y caribeños tienen derecho a una vida plena, propia de los hijos de Dios, con unas condiciones más humanas: libres de las amenazas del hambre y de toda forma de violencia”. Recuerda, en seguida, que la encíclica “invita a todos a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes” (n.4; cf. PP n.21).

Situación particularmente grave que conocemos bien, y que hace de América Latina y el Caribe, el continente más desigual del planeta. Grave y, además, escandalosa, dada la amplia mayoría católica que vive en él. Es un desafío a la credibilidad de la Iglesia católica que, desgraciadamente, sigue vigente. Se requiere una gran firmeza en el anuncio del evangelio y sus ineludibles consecuencias para todo creyente; así como una gran dosis de humildad para reconocer nuestras propias deficiencias y limitaciones y entrar en diálogo con personas de otros horizontes en vistas a unirse en una tarea que “invita a todos” en la búsqueda de la justicia social y en el respeto a la libertad de la persona humana (6)

El enfoque no da lugar a equívocos, los pobres que reclaman nuestra solidaridad son los que carecen de lo necesario para satisfacer sus necesidades básicas y que no ven valorada su condición de personas y de hijas e hijos de Dios. Al inicio del discurso, avanzando hacia las causas de esa situación, advierte que “la economía liberal de algunos países latinoamericanos ha de tener presente la equidad, pues siguen aumentando los sectores sociales que se ven probados cada vez más por una enorme pobreza o incluso expoliados de los propios bienes naturales” (n.2) (7)

Expoliados muchas veces, también, de su dignidad humana y de sus derechos. La pobreza, la insignificancia social, no es un infortunio, es una injusticia. Constituye una realidad con varias vertientes, complejidad que está ya presente en la noción bíblica de la pobreza, y que comprobamos cotidianamente en nuestros días. Diversos factores -y no sólo el económico- intervienen en el asunto. Es resultado del modo como se ha construido la sociedad, a partir de estructuras económicas claro está; pero también de categorías mentales y culturales, atavismos sociales, prejuicios raciales, culturales (olvido de los pueblos indígenas y afroamericanos), y de género (la mayor parte de las personas pobres son mujeres) y religiosos acumulados a lo largo de la historia. Estamos hablando de una situación que es fruto de nuestras manos, por eso en ellas está, igualmente, la posibilidad de su abolición. Desde el punto de la fe las causas de la marginación de tantos reflejan un rechazo al amor la solidaridad, es eso lo que llamamos un pecado. Hasta esa raíz, y sus consecuencias, hay que ir para comprender la liberación total en Cristo.

La enorme pobreza y lo que la provoca, la creciente desigualdad e injusticia, es lo que está en cuestión. Esto pone las cosas en su debido nivel: describir y denunciar una situación de carencia que no permite vivir dignamente es importante, pero no es suficiente, hay que ir a las causas de ella, si se quiere superarla (8) Es un asunto de honestidad y de eficacia en el “combate por la justicia”, para retomar la conocida expresión de Pío XI. De no superarse la desigualdad social, el leve crecimiento económico que se experimenta en algunos países del continente no llegará a los más pobres.

Llegado a este punto, Benedicto XVI considera que frente a esa situación, y desde una perspectiva de fe, “la cuestión fundamental” consiste en “el modo cómo la Iglesia, iluminada por la fe en Cristo, deba reaccionar ante estos desafíos”. Ahora bien, “en este contexto es inevitable –agrega- hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia”. Un largo párrafo del discurso está, justamente, dedicado al punto. Dicho de un modo positivo, las estructuras justas “son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad”. Tanto “el capitalismo como el marxismo” las prometieron, pero, dice  el Papa, esas promesas se  han revelado falsas porque olvidaron a la persona y a los valores morales (n.4). Sin lo cual no hay convivencia social humana y justa.

No toca a la Iglesia establecer esas estructuras, pero eso no le impide tener una palabra que decir sobre cuestiones económico-sociales (9) Su tarea es “formar las conciencias”, lo recordábamos más arriba, se trata de una posición clásica que toda teología que trata de estos asuntos debe tener en cuenta. No es retraerse y escapar de la responsabilidad en materias sociales y políticas (10) Por el contrario, insistir en que los seres humanos y sus derechos como personas y como pueblos constituyen el meollo, y la finalidad, de la vida en sociedad social es algo que tiene incidencias concretas y precisas (11) Lo prueban las dificultades que la palabra evangélica encuentra, allí donde es pronunciada, de parte de quienes ven afectados sus intereses. Las reacciones que provocó la predicación de Mons. Romero, y muchos otros casos en el continente, dan fe de ello.

Entre las causas de la pobreza el Papa apunta, igualmente, al papel que juega la globalización. Reconoce que dicho fenómeno tiene lados positivos que pueden significar logros para la humanidad; pero previene que ella “comporta también el riesgo de grandes monopolios y convertir el lucro en valor supremo” (n.2). Una denuncia presentada por muchos en este tiempo. La situación internacional condiciona, e incluso determina, numerosas cosas al interior de cada nación, su análisis resulta por eso imprescindible.

Evangelización y promoción humana

La experiencia de la solidaridad con el pobre que vive en una condición inhumana y de exclusión, hace ver hasta que punto el Evangelio es un mensaje que libera y humaniza y, por lo mismo, representa un reclamo de justicia. Benedicto XVI lo expresa así: “la evangelización ha ido siempre unida a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana” (n.3). Lo que sigue en el discurso es el texto, ya citado, de la Deus Caritas est acerca de la ‘fusión’ entre el amor a Dios y el amor al prójimo. La promoción humana no es una etapa previa a la evangelización, ni va por cuerda separada de ella. En las últimas décadas ha crecido la conciencia del estrecho vínculo que las liga. En ese orden de ideas, Juan Pablo II decía en Puebla decía que la misión evangelizadora de la Iglesia “tiene como parte indispensable la acción por la justicia y la promoción humana” (Juan Pablo II, Discurso inaugural, III,2) (12)

Benedicto XVI, citando el episodio de Emaús, recuerda que la Eucaristía es “el centro de la vida cristiana” (n.4).. En la fracción del pan hacemos memoria de la vida, el testimonio, la muerte y Resurrección de Jesús. Por ello, la Eucaristía no es un acto privado e intimista, ella nos convoca al testimonio y al anuncio de Aquél que es “camino, verdad y vida” para todos. Ella “suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridad; despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo  en la sociedad para que sea más justa y humana” (ibid.) (13) Es signo de comunión, y anticipación de su realización plena.

La unión con Cristo, reconocernos en él hijas e hijos de Dios nos convoca necesariamente a forjar la fraternidad y la justicia. Como se puede comprobar, lo manifestado en el discurso sobre la opción preferencial por los pobres no es una frase al paso, constituye un punto central de él. Está ubicado en un entramado pastoral, social y teológico y de espiritualidad que hace ver su hondura, alcance y exigencias. Nos permite también releer otros temas tocados en el discurso -brevemente por razones de tiempo y de coyuntura- que llaman a profundizaciones y precisiones. Es una tarea por hacer.
 
El tema está planteado y puesto sobre la mesa de la Conferencia de Aparecida, es, como decíamos al inicio, uno de los ejes de la continuidad con las anteriores conferencias episcopales, en la que el Papa y los obispos han insistido en estos días. Su presencia, colocada en la actual situación que se vive en América Latina y el Caribe, será de mucha importancia en la asamblea que acaba de comenzar.

Sea lo que fuere de esto, profundizar la perspectiva cristológica de la opción por el pobre es una importante contribución para ahondar nuestra condición de discípulos y misioneros y percibir la radicalidad evangélica del sentido que  tiene la práctica cristiana de la opción y la solidaridad con el pobre y del rechazo de la injusticia, en tanto camino hacia el Padre de todos.


Notas:

(1) Cita de Pablo que se encuentra, también el documento Pobreza de la Iglesia n.18, de Medellín.
(2) Hemos tenido ocasión de estudiar con cierto detalle este texto de Mateo en “Donde está el pobre está Jesucristo”, en Páginas 201 (oct. 2001) 6-21..
(3) “Fuera del seguimiento no se tiene la suficiente afinidad con el objeto de la fe para saber de que se está hablando, al confesarlo como Cristo” (Jon Sobrino, Jesús liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret (San Salvador, UCA, 1991) 104.
(4) Al respecto ver las consideraciones, sustentadas en la práctica del método, de Luis Fernado Crespo Revisión de vida y Seguimiento de Jesús (Lima, UNEC-CEP, 1991)
(5) Como dice M. Díaz Mateos “es una opción no opcional, pues es verificación de nuestra identidad eclesial y cristiana” (“El grito del pobre atraviesa las nubes”, en El rostro de Dios en la historia  159).  
(6) Ver al respecto, Felipe Zegarra,  “La quinta  Conferencias del episcopado de América Latina y el Caribe”, en Páginas 200 (agosto 2006), sobre todo páginas 16-17.
(7) Entre esos bienes naturales se debe contar hoy -además de los que esa frase nos hace pensar espontáneamente- el agua y el aire, si pensamos en la polución, el calentamiento del planeta, y en general el daño causado al medio ambiente por una explotación sin freno. La cuestión ecológica interesa a toda la humanidad, pero afecta especialmente a los más frágiles de ella, a los pobres.  
(8) No es la primera vez, sin embargo, que Benedicto XVI toca el tema de las causas de la pobreza, en su encíclica decía: “Desde ese momento [el del surgimiento de la sociedad industrial], los medios de producción y el capital eran el nuevo poder que, estando en manos de pocos, comportaba para las masas obreras una privación de derechos contra la cual había que rebelarse” (Deus caritas est  (2005) n.26).
(9) Poco antes, Benedicto XVI había manifestado su preocupación por estos temas en una carta a Angela Merkel, canciller de Alemania. En ella propone que la unión europea se empeñe en “lograr el objetivo de eliminar la pobreza extrema antes del año 2015”, que “es una de las tareas más importantes de nuestro tiempo”; y añade una tarea inmediata: ”hacer todo lo posible para proveer a una rápida cancelación completa e incondicional de la deuda externa de los países pobres fuertemente endeudados y de los países menos desarrollados” (Carta del 16  de diciembre de 2006).
(10) Bajo forma de una pregunta retórica, el discurso había anotado -antes del párrafo que estamos citando- que esta posición no significa “una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo espiritual” (n.3).
(11) En este plano ético sitúa, asimismo, a la doctrina social de la Iglesia.
(12) Antes, el Sínodo romano sobre Justicia en el mundo (1971) sostenía que la misión de la Iglesia “incluye la defensa y la promoción de la dignidad y de los derechos fundamentales de la persona humana” (n.37).
(13) Celebrar la Eucaristía nos lleva a “trabajar por un mundo más justo y fraterno”  (Sacramentum Caritatis n.88). 

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